¡¡Intercepted en Español!! ¡¡Llega pronto!!


¡Por fin! ¡Intercepted viene llegando en Español! (El título en español, todavía está en construcción). ¿¿Querés echarle un vistazo?? Acá tenés una ojeada a los primeros capítulos. La novela romántica, está escrita desde puntos de vista alternados entre Natalia y Jake, sus protagonistas principales. Visitá el blog y la página de Facebook para mantenerte informado sobre la fecha de publicación. ¡¡Gracias por tu visita!!

Divertite.

El viento barre la nieve en una nube de polvo blanco. Aprieto los ojos, la sangre pulsa en mis oídos. Tengo frío, tanto frío. Las ataduras en las muñecas me cortan la piel mientras uso las últimas fuerzas que me quedan para intentar liberarme. Es inútil. Así es como termina. Me voy a morir aquí. Es deprimente que el total de las partes rotas de mi vida sumó a esto. No pude salvar a Tango. No pude salvar a mamá. Ni siquiera puedo salvarme yo. Me rindo ante la oscuridad que me empuja hacia abajo y dejo que me invada el vacío. El dolor que me envuelve empieza a desaparecer. Y me voy con él.

Capítulo 1: Natalia

Escaneo el salón sin interés y mis ojos se traban con los de él. Una esquina de su boca se curva hacia arriba, como si supiera un secreto. Desvío la mirada inmediatamente. Regla número uno: no meterse con los huéspedes.

Dani me arranca de mis pensamientos y me vuelve al presente cuando apoya una bandeja con vasos y botellas de cerveza vacías en el bar. Julián, el barman, inmediatamente despeja la bandeja y empieza con el pedido siguiente.

Julián, Daniela y yo nos conocimos en nuestro primer año de la escuela de cocina. Todos los veranos–inviernos para el hemisferio norte–nos tomamos un impasse de nuestras vidas en Buenos Aires para pasar tres meses en Aspen atendiendo a la elite norteamericana después de su día en las pistas de esquí. Julián y Dani son mis mejores amigos.

Mis únicos amigos.

Después de esa noche hace dos años, mantengo las cosas simples: trabajo y dinero. Las únicas dos cosas que me importan por ahora.

Aquí, la rutina no está mal. Me levanto, esquío un rato, trabajo, sonrío, divido las propinas con Julián y Dani y vuelvo a esquiar a la noche. Pegamos éste trabajo porque Julián es amigo del dueño del hotel. Gracias a eso además nos dejan vivir aquí, a pesar de que no trabajamos tiempo completo. A los tres nos dan siempre el mismo turno y eso nos deja un par de horas para esquiar en la única silla que está abierta hasta la medianoche. Hacen ya cuatro años que venimos. El sueldo no es muy bueno pero nos hacemos más en propinas de lo que ganaríamos en Buenos Aires en tres meses haciendo cualquier otra cosa. Esta es mi última vuelta. Me recibí de Chef el mes pasado y cuando termine esta temporada pienso encontrar un trabajo “en serio”.

–Los de la seis ya están en pedo. El de la izquierda me desnudó con la mirada mientras anotaba la orden. Boludo. –Dani se mira el pelo en la pared-espejo detrás del bar. Me doy vuelta para ver al tipo del que habla.

–Que asco, Dani. Es un viejo de cincuenta.

Julián sacude la cabeza con resignación y Dani se encoge de hombros.

Sí, bueno. Si se quiere levantar a una pendeja de veintitrés más vale que pise el gimnasio.

–Ay, Dani. Ni en joda. –La codeo. Ella se ríe y carga la bandeja con los nuevos tragos que le preparó Julián.

A Dani le encanta flirtear con tipos. Es incurable. Tampoco discrimina por edad si el candidato en cuestión es sexy y tiene buena pinta. Con un movimiento sutil se pasa para atrás el pelo rubio que le llega a la cintura. Basta con eso para que víctimas queden estupefactas bajo esos ojos azul glaciar. Además pasa mucho tiempo en el gimnasio y los tipos le zumban como moscas. Le encanta.

–El bombón de la doce te está mirando hace rato. Qué le hiciste? –Me pregunta y se ríe.

Subo la mirada y una vez más me choco con la intensidad de esos ojos. Siento un calor furioso en la cara y me doy vuelta para escaparle, levantando mi bandeja que ya está cargada con nuevos tragos. Lo reconozco. Lo vi de noche en las pistas de esquí, siempre solo. Esquía súper bien y es… agh, es ridículamente buen mozo. La temperatura de mis mejillas sube otra vez.

–Nada, –digo por lo bajo. Julián me mira de reojo con una risa entre dientes.

No soy como Dani. Estoy acá por el dinero solamente. Ya tengo planeada una pasantía en un hotel en San Diego, pero el costo de vida en Estados Unidos es ridículo. Ya casi tengo suficiente ahorrado para los primeros cuatro meses de alquiler, y después de esta temporada de esquí voy a tener lo mínimo para llegar hasta el final de la pasantía. Si todo sale bien y me juego bien las cartas, el hotel me va a contratar al terminar la pasantía y voy a tener un trabajo bien pago bajo la tutela de uno de los mejores Chefs del país.

Me aseguro la bandeja en la palma de la mano y enfilo hacia mi sección. Sin querer se me van los ojos hacia los del buen mozo, para ver si me sigue mirando. Pero ahora está concentrado en las personas que lo acompañan en su mesa. No puedo evitar notar la expresión en las caras de los que lo escuchan. Es dueño del interés de cada uno mientras les habla con total comodidad. Llego a mi mesa y sonrío mientras entrego los tragos en piloto automático. Mi atención sigue con el tipo. Estoy a unos dos pasos de su mesa pero él está de espaldas. Siento un alivio inmediato de que no pueda verme, porque mis ojos están clavados en su perfil. Por primera vez me doy cuenta de que no está… solo. Una mano con uñas perfectas de color carmín se enreda en el pelo de su nuca y se queda ahí, jugando con las puntas rebeldes de un castaño desteñido por el sol. Siento un impulso inapropiado de envidia hacia esa mujer mucho mayor que él, dueña de toda su atención.

Hm. Aparentemente Dani no es la única que descarta la barrera de la edad.

Él se inclina y le da un beso, pero es cortito. Una pregunta de una de las chicas de mi mesa me cachetea de nuevo al presente. Parpadeo con la mente en blanco porque no tengo ni idea de lo que me acaba de decir.

–Tienes todo? –Repite. Por suerte no es una de esas rubias taradas que abundan por acá. Ella sonríe y me repite el pedido de comida, y esta vez lo anoto.

Para cuando termina mi turno ya son las ocho pasadas y estoy muerta de cansancio, pero sin embargo no veo la hora de visitar la pista de esquí. Esta semana se me hizo eterna y todavía me estoy adaptando al cambio de altitud. Pero a pesar de todo eso espero ansiosa los momentos libres que tengo para escaparme a esquiar, mi segunda pasión después de la cocina. Para mí el mejor momento de hacerle una visita a la nieve es a la noche, sola.

Terminamos de repasar las mesas y le digo a Dani que me voy a dar una esquiadita rápida y después me voy derecho a la cama. Ella y Julián se van a quedar hasta tarde con otros chicos del personal del hotel jugando al póquer, que va a terminar en strip-póquer en alguna de las habitaciones.

Se me escapa un bostezo mientras le paso el trapo a la última mesa antes de irme. Todavía queda un grupo de tipos en una esquina. Se ríen a carcajadas y los tragos no paran, pero es la sección de Dani. Va a sacar buenas propinas.

–Sobreviviste otra noche.

De un latigazo doy vuelta la cabeza hacia la voz semi ronca que me sorprende a mis espaldas con español ibérico perfecto. Mi corazón se congela por un instante bajo esos ojos de color ocre que ahora están clavados en los míos con una intensidad que ya empieza a ser familiar. Es el buen mozo. Me pongo súper colorada y pego los ojos a mi mesa mientras la repaso por enésima vez.

–Sip, –le digo, sintiéndome ridículamente incómoda.

–Te gusta tu trabajo?

Levanto los ojos porque la pregunta me parece un poco personal viniendo de un extraño. Frunzo el ceño y empujo los respaldos de las sillas contra la mesa.

–Estás acá todas las noches, –explica–. Y todos los tipos que te quieren levantar… debe ser un poco pesado después de un tiempo.

Lo miro estupefacta mientras absorbo esas palabras. Me encojo de hombros y agarro el trapo con el que estaba limpiando. –Un trabajo es un trabajo.

–Sí. Eso lo entiendo, –murmura.

Cuando lo miro tiene los labios presionados. Sus ojos están perdidos en el azul pálido de la nieve allá afuera. Sus facciones son muy masculinas, y las líneas rectas de su cara están dibujadas en forma armoniosa. Una barba de dos o tres días le cubre el rostro. Le queda bien. Sus ojos vuelven a los míos y me maldigo porque me agarró mirándolo.

–Que tengas buenas noches, –le digo rápido, calzándome la bandeja abajo del brazo. Me apuro hasta el bar y me tomo de un sólo trago el vaso con agua que Julián me deja siempre ahí. El corazón me bombea como si hubiera corrido diez cuadras. Lo resiento y le ordeno que afloje. No me hace caso. Maldita suerte. Esto es lo último que necesito.

–Te conseguiste una salidita? –Julián se ríe sin mirarme, porque sabe qué le conviene. Se entretiene cargando copas limpias en un estante.

Le devuelvo una mirada en blanco exagerada y empujo el vaso vacío.

–Nos vemos.

–Nos vemos. No te sientas obligada a aparecerte por el partido de póquer. Si no venís quizás tengo chance.

Le sonrío con toda la dulzura de la que soy capaz. –Vamos a ver.

Abro la puerta de la habitación que comparto con Dani y voy derecho hasta el placar para sacar mis botas de esquí y las dejo caer al lado de la cama. Son un regalo de Marc junto con unos pantalones y campera de esquí ridículamente caros. No me interesan demasiado la ropa ni las cosas caras, pero tengo que admitir que tener buenas botas hace una diferencia enorme. Esquiar en Aspen es lo más. Julián es instructor en Argentina en el invierno y en los últimos tres años me enseñó todo lo que se. Ahora voy por todos lados, y hasta por las pistas más difíciles.

Todas menos una.

La Women’s Downhill. Es la pendiente más peligrosa. Después del accidente no la pisé nunca más. El pensamiento me hace temblar y lo encierro de un portazo. Me calzo las botas UGG–esas me las compré yo–y me apuro para una bien merecida escapada nocturna.

Capítulo 2: Jake

Son las siete y Tamara ya está dormida. Me estiro en el sofá junto a la ventana de la suite que ella pagó y miro sin interés el camino de luces que señalan la pista de esquí, bebiendo de a sorbos un whisky. Le echo un vistazo al reloj. La silla nocturna estará abierta hasta la medianoche. Pienso en hacer una escapada rápida, pero cambio de opinión cuando una puntada de dolor me acuchilla el cuádriceps recordándome la caída de la noche anterior. He salido a esquiar todas las noches, una vez que Tamara se duerme. Ayer fue luna llena y me desvié de la pista para explorar la nieve virgen. Fue increíble. El sentimiento de estar casi flotando, cada músculo en mis piernas ardiendo, cada parte de mí viva. Hacia el final del trayecto la punta de un esquí rozó con un borde de hielo y casi me resulta en un cuádriceps desgarrado. Tamara no lo sabe porque cree que estuve aquí, durmiendo a su lado. Le dije que me lastimé la mañana siguiente mientras esquiábamos juntos, y ella me creyó. Siempre me cree y no hace preguntas.

Me la quedo viendo por un momento mientras duerme, tranquila. Parece estar en paz, más joven, a pesar de que es más de una década mayor que yo. Como la mayoría de las mujeres con las que salgo, Tamara cuida su cuerpo, y muy bien. Tiene unas piernas increíbles y un par de tetas que dejarían a cualquier veinteañera fuera de la competencia en un segundo. Me vuelvo hacia la ventana y mis ojos se concentran en la silla, que ya no se mueve.

Acabo el whisky de un trago y me calzo un abrigo, decidido a encontrar alguna forma de pasar las horas siguientes, porque dormir ya está descartado. Esta tarde escuché al barman hablar del famoso partido de póquer clandestino que ocurre a menudo en las últimas horas de la noche, en la habitación de alguno de los empleados. Pienso averiguar dónde es.

Sigo el pasillo hasta el lobby, que ahora está desierto salvo por un empleado detrás del mostrador de recepción que está ocupado con su papeleo. Sin que me vea, sigo hasta el bar donde Tamara y yo nos sentamos horas antes, pero las luces ya están casi apagadas. El lugar está desierto. Hay un par de tipos sentados en una mesa a la esquina, pero están más borrachos que la mierda.

A través de los ventanales negros la luna baña a la nieve de gris. Atravieso los espacios principales, pero no hay señales de vida. Quizás deba preguntarles a los tipos que operan la silla de esquí. Miro hacia afuera y veo que están cerrando, preparándose para marcharse. Saco mi gorro beanie de un bolsillo y me lo pongo mientras con el hombro empujo la puerta lateral que da a Needle, la silla nocturna. Un frío ártico me abofetea el instante en que salgo e inhalo profundo, dejando que queme mis pulmones. El aire tiene trazas de tabaco y me volteo hacia el origen del aroma. Un chico de unos veintitantos años me saluda con una sonrisa rápida y le da otra pitada a su cigarrillo. Lleva una parka por encima del uniforme de botones. Su cara me es vagamente familiar.

–Quieres un cigarrillo? –Pregunta en un inglés algo quebrado mientras saca un paquete de Marlboro de un bolsillo interior.

No fumo, pero éste tío puede ser mi boleto de entrada a ese partido de póquer, así es que se lo acepto y me lo calzo entre los labios. Él saca un encendedor y me da fuego, bloqueando la brisa con la otra mano.

–Gracias, –le contesto en español y sonríe aliviado. Doy una bocanada e inmediatamente me arrepiento. La verdad es que no entiendo cómo coño alguien puede ser adicto a esta mierda.

–Estuviste en Needles? –Señala hacia la silla con el mentón. El cabello, de un negro azabache, le cubre casi toda la frente. Lo acomoda con un rápido sacudón de cabeza.

–Nah. Esta noche no. Me estoy tomando un descanso.

Él asiente, y extiende su mano derecha para estrechar la mía. Soy Gonzalo. –Sonríe ampliamente, con facilidad.

–Jake. –Me llevo el cigarrillo a la boca para liberar mi mano y estrechar la suya.

–Te vi por ahí, –dice–. Estás con esa… rubia espectacular. –La comisura de su boca se curva en una sonrisa cómplice.

Sacudo la cabeza y me río entre dientes. –Sí.

El ruido de nieve empacándose bajo un andar decidido me salva de esa conversación cuando dos tipos se acercan desde la silla de esquí. Reconozco a uno de ellos. Lo he visto en las noches pasadas cuando salí a esquiar solo. Nuestras miradas se encuentran por un momento y él asiente, luego mira a Gonzalo y le sonríe con malicia.

–Estás listo para que te vuelva a desplumar, Gonza? Espero que te hayas hecho buenas propinas. Las vas a necesitar.

–Soñá, boludo. –Gonzalo sonríe y le clava los ojos–. No sólo te las voy a ganar de vuelta sino que además me voy a llevar también las tuyas. Vas a pagar esa arrogancia, Santi.

Santi suelta una carcajada y le hace una señal con su dedo intermedio, mientras se dirige hacia la entrada.

–Oigan, tienen lugar para uno más? –Apago el cigarrillo pretendiendo que no me importa demasiado si dicen que sí o que no. Pero por alguna razón que desconozco, no es así. Necesito esto. Santi se voltea y me fija la mirada, luego mira a Gonzalo. Éste se encoge de hombros.

–Por mí está bien.

Santi vuelve a mirarme. –Es un juego privado, disculpá, –murmura.

–No preferiríais ganar más dinero? No soy muy bueno que digamos. –Hago lo posible por que mi tono no delate mi interés. Santi me clava la mirada una vez más.

–Pero sos huésped del hotel. No podemos mezclar. No quiero problemas. –Algo oscuro cruza su mirada. Está a punto de seguir hacia la puerta, pero levanto la mano y se detiene.

–Qué tal si os doy doscientos dólares a cada uno y me dejáis entrar a vuestro juego. Sólo por esta noche. Puede seguir siendo un juego privado. De todas maneras, yo también prefiero que quede así. Pero qué coño. ¿Acabo de ofrecerles a estos dos imbéciles cuatrocientos dólares por un puto juego de póquer? Aprieto los dientes. Evidentemente necesito esto más de lo que me imaginé.

Gonzalo tose. –¿En serio lo decís?

–Sí. –Le digo sin mirarlo. Mis ojos siguen trabados en los de Santi.

–Vamos, Santi, –dice Gonzalo mientras le da una última bocanada a su cigarrillo.

Santi asiente. –Sólo por esta noche.

Capítulo 3: Natalia

Cuando abro la puerta de mi habitación ya son las doce de la noche pasadas. Dani no está. Me imagino que ya debe estar en el juego de póquer. Le mando un texto rápido preguntándole dónde es y me contesta inmediatamente con un número de habitación. No tengo ganas de trasnochar, pero el esquí me despabiló y necesito el dinero. El póquer es una de esas cosas que aprendí cuando era chica. Soy buena. Mientras las otras chicas andaban por ahí en sus grupitos estúpidos, yo me sentaba con Tango atrás del gimnasio adquiriendo valiosas destrezas de póquer.

Tango era mi mejor amigo y de lejos la persona más inteligente jamás conocí. El padre era un borracho y un hijo de puta, por lo que la mayoría de los días los pasaba en mi casa. Mamá siempre encontraba excusas para hacer que se quedara. Lo quería como si fuera su propio hijo, y estoy segura que lo hubiera adoptado si se hubiera podido. Los recuerdos me dan vueltas en el pecho y les cierro la puerta.

Toco la puerta en el 244, en el ala del hotel designada para el personal. Mientras espero, miro a mi alrededor para asegurarme que no haya nadie. Estos juegos obviamente no están permitidos en las premisas del hotel, razón por la cuál cambian de lugar constantemente.

Gonzalo, del departamento de botones, abre la puerta y me deja pasar con una sonrisa. Parece mucho más joven así, vestido con su propia ropa. Lo saludo con un abrazo rápido y entro. Dani me hace señas desde el otro lado de la mesa, donde el juego ya está a full debajo de una nube de humo. Julián está sentado al lado de Dani. Nuestras miradas se encuentran y él gruñe, mascullando algo sobre sus chances de ganar yéndose a la mierda. Hago un inventario rápido de las caras; dos tipos que no conozco y… el corazón me da un vuelco cuando veo al bombón del restaurante sentado al lado de Dani. Levanta los ojos y sonríe cuando me reconoce. Puta madre. De repente ya no me acuerdo ni de cómo respirar. Inhalar. Exhalar. Inhalar. Exhalar. Vamos, Natalia. Lo hiciste toda tu vida.

Gonzalo me descongela cuando me dice que puedo sentarme al lado de Santi, que está enfrente de Dani. Los ojos del bombón no me dejan ni por un momento mientras alguien me acerca una silla que me ubica directamente frente a él. Algo me da vueltas en el estómago. No sé por qué su presencia me pone tan incómoda. Trabajo con varios hombres, mi primer amigo fue un varón, y a la hora de flirtear ni siquiera estoy en el mercado porque estoy comprometida. Quizás sea eso. La forma en la que los ojos de este tipo se fijan en los míos me parece… indecente.

Sacudo la incomodad y me concentro en las cartas que tengo en la mano. No son muy buenas, pero tengo toda la noche para hacerles creer a estos niños que mis destrezas están oxidadas. Hay ocho personas en la mesa, incluyéndome a mí, y ya les gané a cada uno en otra ocasión, excepto a los nuevos. Este es el primer juego de la temporada y, si todo va bien, va a resultar en un buen aporte a mi ingreso general.

–Es un juego de cinco cartas y la entrada son cincuenta dólares, –dice Santi mientras reparte. Saco un billete de cincuenta de mi bolsillo y lo deslizo hacia el centro de la mesa.

–Este juego se fue agrandando? –Miro a los dos tipos nuevos antes de hacer una breve pausa en el bombón.

Santi se encoge de hombros. –Ese es Pete, instructor de snowboard; Liam es el barman de Spyglass y ese es… Jake. Él… no es del personal, pero está todo bien.

Asiento. Demonios. Ahora tiene nombre. Y es uno de esos nombres cool de una sola sílaba.

–Hola, otra vez. Soy Jake, –dice con ese acento español impecable. Me sonríe y es como si de un golpe alguien me hubiera sacado el aire de los pulmones.

–Natalia. –Asiento una sola vez.– ¿No sos un huésped del hotel? –Miro mis cartas, y después lo miro a él, tratando de demostrarle que no me afecta. No puedo dejar que este tipo joda con mi concentración.

–Si, pero ya se pasó mi hora de acostarme. Ni siquiera estoy aquí. –Me guiña el ojo y por alguna razón me parece íntimo. La miro a Dani para distraerme. Ella también me guiña el ojo. Carajo. Me concentro en Julián y el agudiza la mirada.

–Dijiste que estabas cansada. ¿No necesitas tomarte una noche?

Le sonrío y frunzo la nariz mientras estudio mis cartas.

–Nah. Necesito agrandar mi pozo.

Julián echa otro de sus gruñidos. –Mañana vas a estar cansada y de mal humor. Ni pienses descargártelo conmigo. Y más, si te vas de acá con toda mi plata.

–Ay, Juli. Qué poca fe te tenés.

Murmura algo por lo bajo y le soplo un beso al aire.

El juego sigue a toda máquina y espero unas cuantas vueltas, dejando que los demás hagan sus jugadas mientras me preparo para el momento justo. Pasan dos horas y quedamos sólo Julián, Santi, Jake y yo. El pozo es alto. Un poco más de trescientos dólares en el medio de la mesa, la mayoría son billetes de diez y de cinco, ya que vienen de propinas.

Julián no tiene nada y la suerte de Santi no es mucho mejor. Jake arquea una ceja y revela su Full sobre la mesa. Me río para mis adentros sin mover un solo músculo. Tango era buen maestro.

–Son buenas, –murmuro.

–¿Qué tan buenas? –Sus ojos están clavados en los míos y de repente es como si se hubiera formado un campo eléctrico entre nosotros. La habitación es hermética.

Todas las miradas están sobre mí.

Aprieto los labios, la primera expresión que me permito, y sacudo la cabeza despacio. Bajo mis cartas y las deslizo suavemente sobre la mesa.

Mi Escalera de Color vence a su Full y le clavo los ojos dedicándole una gran sonrisa. Él agudiza los suyos, pero una pequeña mueca curva la esquina de su boca.

–Joder. –Mira mis cartas sacudiendo la cabeza, como si todavía no lo creyera.

Dani salta y festeja de alegría, abrazándome por atrás. Julián empuja su silla y se pasa las dos manos por el pelo, después se estira.

–No se ni para qué vengo. Debería darte la plata directamente. –Se levanta y me da una mirada de mal humor antes de ir hacia la puerta. Le sonrío porque sé que no puede enojarse conmigo por mucho tiempo y mañana ya se le habrá pasado.

Dani recoge los billetes, ordenándolos en un sólo montón. Es experta y trabaja rápido. Le encanta ayudarme porque mis ganancias significan que vamos a ir de compras. Sabe que le voy a regalar algo lindo. Ella haría lo mismo por mí, pero ganó solamente dos veces la temporada pasada… en las noches en las que yo no jugué.

–Eres buena en el póquer. –Jake estira la mano para estrechar la mía–. Me desplumaste. Y ni te vi venir. –Se ríe.

Le doy la mano y me arrepiento inmediatamente. Su mano envuelve la mía completamente. Es fuerte, un poco callosa, y definitivamente no es lo que me hubiera imaginado de un tipo que viene de vacaciones a Aspen con su novia Barbie. La imagen de esa mano con uñas esculpidas acariciándole el pelo de la nuca se infiltra en mis pensamientos. Parecía mayor que él, y me intriga. Mi mano sigue en la suya y la suelto. Pero en el instante en que nuestros dedos se separan, me sorprendo extrañando el contacto de piel a piel.

–Gracias. Nos vemos, –finalmente le contesto. Miro a Dani que ya terminó de guardar el dinero en su cartera. Hace un bailecito de triunfo adelante de Santi y Gonzalo. Ellos sacuden la cabeza y se ríen, a pesar de que los desplumamos. Santi dice que se va a dormir y nos echa a todos de su habitación. Jake enfila hacia el área para huéspedes mientras Gonzalo, Dani y yo empezamos a caminar hacia nuestras habitaciones que están del otro lado del pasillo.

Antes de seguir a Dani a nuestra habitación, doy vuelta la cabeza y veo que Jake está parado al otro lado del pasillo. Nuestras miradas se cruzan por un instante y la sensación incómoda me vuelve al estómago como un tornado. Con un gesto cortito de la mano me saluda, se da vuelta y se va. Cierro la puerta detrás mío y me apoyo en ella.

Mierda.

Capítulo 4: Jake

Entro en silencio para no despertar a Tamara. Se mueve y paro, pero después se vuelve y me relajo. No creo que le importe que haya salido, pero no me gusta darle explicaciones a nadie. No lo he hecho desde que tengo ocho años.

Me acuesto a su lado y miro al techo, sin poder dormir. Lo único que veo cada vez que cierro los ojos es esa mirada feroz de ojos verdes y ese pelo negro indomable que parece no terminar nunca. Natalia. Es una diosa. Más sexy que la puta madre y ya sé que va a ser un desafío cruzármela por los pasillos esta semana, cuando se supone que debo dedicarle toda mi atención a Tamara. Me recuerdo que para mí esta es una semana de trabajo, y no puedo dejar que distracciones como Natalia se interpongan. Pero cierro los ojos y ahí está ella, metiéndose en mi cabeza sin permiso, con una mueca en esos labios sexis que hicieron que los jeans me apretaran. Su boca es perfecta; hasta me acosa en el inconsciente. Sueño con apretarla contra la pared del jacuzzi, adueñándome de esa boca mientras follamos.

Ella suelta un gemido… joder.

El cuerpo cálido de Tamara apretándose contra el mío me despierta. Su mano encuentra mi polla y ella sonríe con placer porque ya la tengo dura. Sin siquiera abrir los ojos, me deslizo encima suyo, abriendo sus piernas con las mías. Se ríe y frota su entrepierna contra la mía. La imagen de Natalia se filtra en mi cabeza y sin abrir los ojos me aferro a esa imagen y me follo con fuerza a Tamara. Es intenso, sorpresivamente excitante y, a pesar de que no entiendo el efecto que tiene Natalia sobre mí, me dejo llevar. Tamara gime y acabo a toda fuerza, con sólo un pensamiento en la mente. Natalia.

Esta semana va a ser muy diferente de lo que imaginé.

En la mañana, Tamara y yo tomamos la silla que va hasta la cima de la montaña. No hay mucha gente aquí arriba y podemos disfrutar de la nieve. Me sienta bien hacer fluir la sangre. Tamara esquía muy bien y me sigue sin problemas. La mayoría de las mujeres con las que salgo son a lo sumo esquiadoras intermedias, por lo que estoy disfrutando de esta parte de nuestro viaje.

Almorzamos en el bar de Spyglass, un punto exclusivo desde donde puede admirarse todo el valle. Reconozco a uno de los tíos de anoche… Liam, creo. Asiente un saludo y le respondo con un gesto fugaz.

Luego de almorzar Tamara dice que está cansada y quiere tomarse una siesta. En la base del cerro, un valet nos saluda y se lleva nuestras botas para guardarlas.

–¿Estás seguro de que no te importa que vaya a ver a Keira esta noche? –Tamara pasa sus uñas por mi pelo mientras me calzo las botas de piel. Le respondo con una sonrisa complaciente, a pesar de que me sienta bien que se distraiga sin mí.

–Claro que no. Diviértete, cariño.

Ella se sube a mi falda y me rodea el cuello con sus brazos.– ¿Qué piensas hacer en tu noche libre, tú solito?

–Voy a nadar un rato. Siento las piernas algo tensas.

Sus labios se curvan con falsa desilusión.– ¿Vas a ir a la piscina sin mí? No sé si me gusta la idea. Ya vi cómo te miraban esas chicas.

–Tamara, ya sabes que no tienes que preocuparte por eso. Esta semana soy todo tuyo, cariño. –Le doy un beso y sus labios sonríen sobre los míos.

–Claro que sí. Esta semana eres mío. Quizá hasta te de un bono extra si logras no distraerte.

Me echo hacia atrás–. Yo no me distraigo.

Ella se ríe y se levanta. Sé que se siente complacida consigo misma por haberme recordado los límites. Lo dejo pasar porque a fin de cuentas, ella no es nada más que otro trabajo para mí.

El vapor humea sobre la piscina climatizada; la superficie invisible bajo la capa de niebla. Ya casi es medianoche y el área de la piscina está desierta. Dejo caer la bata y me paro en el borde, haciendo una pausa para dejar entrar la paz absoluta que me rodea. Me bajo las antiparras y me zambullo en el agua. Esta es la mejor parte. Esos cinco segundos luego de que mi cuerpo se encuentra con el agua; el sentimiento liberador de limpiarme el mundo de encima. Cierro los ojos y me pierdo en recuerdos de mi vida en la estancia, con Papá y mi hermano Jamie; esos días en los que era libre, y los minutos de mi vida no los pagaba otra persona.

Llego al borde y sin detenerme doy la vuelta hacia el largo siguiente. Un calor familiar me quema los músculos, desparramándose; lo dejo fluir. Intento limpiar mi mente pero la imagen de Natalia me acosa. Esto me irrita porque no acostumbro a pensar en nadie. Mi vida es simple y me gusta que así sea. Pero esta chica; hay algo en ella que me hechiza. Quiero saber quién es. Me gustó su acento; parecía una mezcla de español con italiano. Coño, Jake. Cambio a mariposa para ocupar a cada una de mis células y ahogar los pensamientos que me azotan.

Capítulo 5: Natalia Me desplomo en la cama boca abajo. Mi turno fue una pesadilla. Me banco a los clientes ricos y quisquillosos y está todo bien porque las propinas son buenísimas, pero los borrachos pesados que se quedan hasta que cierra el bar me dan por el quinto. Estoy demasiado cansada para ir a esquiar. Quizás el jacuzzi… Mi celular vibra en mi bolsillo haciéndome saltar porque me había olvidado que lo llevaba puesto. La voz somnolienta de Marc me hace sonreír. –Hola. –Hola. Justo a tiempo. Recién termino mi turno–. Agarro una almohada y me acomodo. –¿Y bien? ¿Tienes los bolsillos llenos de números de teléfono de tipos solteros que quieren que los llames? Me río. –Sí. Acá estoy, decidiendo a quién llamar primero… –Te extraño, linda. Suelto un suspiro. Yo también lo extraño. Cierro los ojos y me imagino que está acostado a mi lado. –Quiero verte. ¿Cuándo podes venir? –Bostezo. –Dentro de una semana, el sábado. Frunzo el ceño. –Pensé que venías este fin de semana. –Linda, no puedo. Tengo que trabajar todo el fin de semana para el pitch que tengo el lunes. –Bueno. Está bien –digo sin ocultar mi exasperación. Nuestra conversación dura poco porque los dos estamos cansados y, francamente, me frustra que estemos lejos. Nuestra relación a larga distancia se hace cada vez más difícil. Odio que viva tan lejos. Él vuela a Buenos Aires casi una vez por mes, gracias a su generoso sueldo como director creativo de una agencia de publicidad. Sé que soy una pendeja consentida por quejarme, pero igual me frustra. Me saco los zapatos y charlo con una amiga en Facebook; después me dice que tiene que salir al cine y me quedo sola otra vez. Nuestra habitación es mini y no tengo ganas de quedarme acá. Dani está con Julián mezclando tragos en una de las habitaciones de los empleados y podría ir con ellos, pero necesito un break del trabajo y de mis compañeros. Me obligo a dejar la cama y decido hacerle una visita al jacuzzi. Una bocanada de aire gélido me envuelve en el momento en que atravieso la puerta lateral que va hacia la piscina. Toda el área está desierta, salvo un andarivel ocupado por un nadador que va y viene con un ritmo estable, tranquilo. Me subo el cuello de la robe para bloquear el frío nocturno. Todavía huele a Marc y me hace sonreír. Me acuerdo cuando le dije que se la robaba porque quería su olor en mí todas las mañanas. Hundiendo el mentón, me encamino en la dirección del jacuzzi. Todavía estoy a varios metros cuando mis ojos se posan en el nadador. Hay algo muy hermoso, casi poético, en la forma en la que su cuerpo fluye con el agua. Es también magnético porque no puedo apartar la vista de él. A medida que me acerco, me percato de que tiene un físico perfecto. Ahora nada mariposa a una velocidad rítmica. Su espalda sube y baja del agua y mis ojos se fijan en el contorno de los músculos de su espalda. Es perfecta. Para al llegar al borde y se da vuelta, apoyándose en la pared mientras descansa. Freno de golpe. Puta madre. Es Jake. Se baja las antiparras y sonríe ampliamente al encontrarse con mi expresión seguramente estupefacta. Demonios. Le doy un medio saludo con la mano y me encamino en la dirección en la que iba antes de que me causara un corto circuito mental. Se levanta del agua con una facilidad sorprendente y se sienta en el borde, dejando que sus piernas cuelguen. Es como si la regla de gravedad no lo afectara porque lo hico todo en un sólo movimiento ininterrumpido. Todavía sonríe y parece como si estuviera por decir algo. Mmm. No quiero entrar en una conversación. Hay algo en él que me incomoda. Además estoy tratando de no mirar más ese cuerpo porque… bueno, sí, carajo, porque es perfecto. –¿No podías dormir?–. Su voz es grave y algo ronca. No quiero pensar en su voz. –No–. Me encojo de hombros intentando demostrar desinterés. Si piensa que soy aburrida a lo mejor me deja en paz. –Quería venir un rato al jacuzzi. Asiente y creo que me salvé, pero sus ojos me siguen. Intento ignorarlos y enfilo hacia el jacuzzi que está detrás suyo. Si hace algún movimiento, puedo seguir caminando y volver a mi habitación porque el hecho de que estemos los dos solos acá me pone un poco nerviosa. Él vuelve a sumergirse en el agua y respiro relajada. En el jacuzzi, cierro los ojos y dejo que mi cuerpo se derrita en el calor envolvente del agua, disfrutando el contraste con el frío punzante de la noche. A los pocos minutos ya siento las gotitas de transpiración acumulándose en mi frente y mis mejillas. Me sumerjo en el agua para enjuagarme. Cuando asomo la cabeza, Jake está parado al borde del jacuzzi. Mierda. Me empujo hacia atrás y me agarro del borde. El corazón me patea el pecho como un ninja. –Disculpa. –Sonríe. Y el gesto es tan adictivo que no puedo ni pensar–. ¿Te molesta si entro? Necesito aflojarme. Le digo que no con la cabeza, todavía sin poder formular una mísera palabra. Así de cerca, ese cuerpo parece una obra que a Miguel Angel le hubiera llevado más de una década terminar. Hasta me duele tragar saliva porque mi boca está totalmente seca. –¿Tuviste un turno largo? –Sonríe a medias mientras se desliza en el jacuzzi, soltando un gruñido grave de placer que se conecta con un lugar olvidado adentro mío. –Sí, largo– murmuro. Me estudia en silencio. Sus pestañas son larguísimas y todavía están mojadas y… Basta. Me quiero ir ya mismo de acá. Este pibe está buenísimo y me da bronca estar tan pendiente de su apariencia. Estoy comprometida, carajo. –Quedé muerto–. Suspira y se pasa la mano por el pelo, un poco largo y lacio. Ayer era de color castaño claro, pero no puedo evitar pensar en lo bien que le queda así, más oscuro, porque lo tiene mojado. Sus ojos son como la miel líquida. Cada parte de su ser está bien cuidada. Seguro que lo sabe y es un agrandado. –¿Qué se siente? –Las palabras se me escapan de los labios y frunzo el ceño como si me hubieran traicionado. Él mueve la cabeza a un lado. –¿Cómo se siente qué? Me maldigo en silencio, pero ahora ya está. –Nadar. Inclina la cabeza un poquito más y me mira como si acabara de hablarle en otro idioma. Me encojo de hombros. –Te lo pregunto porque nadás muy bien y yo… bueno, no sé nadar. Ver a alguien en el agua, así como vos, tan libre… me parece increíble–. Mierda. Eso sonó como si me lo estuviera queriendo levantar. Miro mi reloj fingiendo desinterés. Él no contesta enseguida y quiero salir corriendo porque su silencio me confirma que él también piensa que lo que dije fue un intento de levante. –Pues se siente de maravilla –contesta finalmente–. Como si dejaras todo detrás y nada pudiera tocarte. Me da una punzada de envidia en el pecho. La ignoro y asiento. –¿Dónde aprendiste? –Jugué al water polo en la universidad, luego profesionalmente, por unos años. Por un momento resiento la admiración inmediata que me produce su respuesta. Y sí. Cuadra. La espalda esculpida, la fusión aerodinámica entre su cuerpo y el agua. Estiro las piernas y juego con los dedos de mis pies para dejar de mirarlo un poco. –¿Ya no jugás más? –pregunto, pretendiendo que mis pies son más interesantes. –Ya no. –No dice nada más y eso hace que lo mire directamente a los ojos. Un remordimiento cruza su mirada como un flash y desaparece casi inmediatamente. Sus ojos barren el paisaje a mis espaldas; después se enfrentan con los míos con una fuerza que me estremece. Miro hacia abajo para escaparme y después de un momento nuestras miradas vuelven a encontrarse. –Tengo una pregunta –digo para eludir la intensidad de esos ojos. –Venga. –Sonríe. –¿Dónde aprendiste a hablar español tan bien? Su sonrisa se agranda con mi cumplido. –Mi abuela paterna era de Madrid. Vivía con nosotros y estaba empecinada en que con ella se hablara solamente español. Luego, cuando estaba en el colegio hice un intercambio en Madrid y una vez que terminé viví allí dos años. Me gusta hablar en español, pero en Santa Mónica los Mejicanos se ríen de mi acento. –Se encoge de hombros y es adorable. –Tu abuela te enseñó muy bien. –Asiento. –¿Y cuál es tu historia, Natalia? Abro la boca y la cierro, intentando parar la revolución que desató en mis funciones vitales cuando dijo mi nombre. Odio cuánto me gustó la forma en la que dijo esa palabra que vengo escuchando desde mi primer recuerdo de vida. Desvío la mirada, buscando calmarme. Él espera. –No hay mucho que contar. Vivo en Buenos Aires, me acabo de recibir de chef y vengo acá en el verano… bueno, invierno para vos, y trabajo por la temporada. –Eso es todo lo que digo porque no me interesa hacerme un amigo nuevo. Especialmente uno tan buen mozo como este y que me mira como lo está haciendo en este preciso instante. Esos ojos están jugando con mi pulso y no puedo permitirlo. –Me parece que hay mucho más que lo que dejas ver, –dice en un tono bajo, medio ronco–. Lo aprendí en el juego de póquer de anoche. Me haz desplumado. Eso me hace reír. No puedo evitar el orgullo que siento por mis destrezas de póquer. –¿Te gustaría salir una de estas noches? Que carajo… Se me cae la mandíbula de la sorpresa. Estoy segura de que sabe que lo vi con esa Barbie cuarentona. Aguzo la mirada. –¿Y a tu novia no le importa que invites a otras chicas a salir? –Mi tono es cáustico y me parece que lo tomo por sorpresa. Su mirada cambia, diciéndome que acaba de entender lo que dije; se relaja. –Tamara no es mi novia. Y mañana se marcha. Sacudo la cabeza. Estos muñecos con plata son todos iguales. Para ellos, las mujeres somos sólo herramientas. –Gracias, Jake. Pero no me interesa. Además, a mi prometido no le gustaría. Me tengo que ir. –Empiezo a levantarme pero su mano alcanza la mía y me para en seco. Lo miro un poco atónita, ignorando el escalofrío de pies a cabeza que me dio el contacto con su piel. Saco mi mano de abajo de la suya. Me mira con esos ojos de un ámbar profundo. Son letales. –Perdóname. No quise ofenderte. No te marches. Lo miro por un momento largo. Lo mejor sería que ya me fuera a mi habitación, pero mi cuerpo está de huelga con mi mente y se rehúsa a moverse. Además, hace frío y el agua calentita está buenísima. Desvío la mirada, abandonando el impulso de salir corriendo. Me aseguro a mi misma que Jake no tiene nada que ver con esa decisión. Me vuelvo a deslizar dentro del agua, manteniendo una distancia prudente entre nosotros. Pero el hecho de que estemos solos hace que esto me parezca mucho más íntimo de lo que me resulta cómodo. Lo escucho en silencio mientras me habla de su vida en una estancia en Santa Bárbara, donde nació. Me da un poco de rabia lo fácil que es hablar con él. Algo en su forma de expresarse captura mi atención por completo y afloja de a poquito la armadura que siempre llevo puesta. Me habla como si nos conociéramos de toda la vida, riéndose abiertamente mientras va recordando las historias que me cuenta. Me cuenta de su hermano menor, de su papá y de los caballos. No dice nada de su mamá y yo no le pregunto. No porque no me interese, me intriga, pero odio cuando a mí me preguntan sobre mamá. Una imagen fugaz de ella haciéndome una trenza cruza mi mente y la amargura de haberla perdido por un cáncer sube a la superficie y se despereza. No te pude salvar, mamá. Ahogo inmediatamente el recuerdo. Cuando levanto la vista, Jake dejó de hablar y me mira con una expresión entre asombro y diversión. –¿Dónde te marchaste? –¿Qué? –Frunzo el ceño. Inclina la cabeza y sonríe. Ahora me doy cuenta de que es un hábito suyo: inclinar la cabeza hacia un lado mientras la comisura de la boca se curva en un esbozo de sonrisa. La rep… Otra vez estoy mirándole la boca. Su sonrisa se amplía y de repente estoy roja como un tomate y quiero salir disparada de este jacuzzi como una flecha. ¿Qué mierda estoy haciendo acá con este tipo? Salgo rápido y me envuelvo en mi robe. El perfume de Marc me invade, como un reproche. –¿Te marchas? –Parece decepcionado y eso me hace sonreír porque… bueno, porque esa maldita sonrisa es totalmente mortal. –Sí. Estoy cansada. Bueno, nos vemos por ahí. Asiente un Sí cortito, y el fantasma de una sonrisa juega en sus labios. –Nos vemos por ahí, Natalia. Cierro los ojos por un instante, aliviada de que ya no puede verme porque estoy de espaldas, y dejo que el sonido de mi nombre fluya a través mío. No sé qué es lo que suena distinto cuando él lo dice. Es suave como la seda, o quizás sea ese acento madrileño… o quizás sean mis malditas hormonas protestando porque ya hace un montón que no veo a Marc. Me escapo de ahí lo más rápido que puedo y no paro hasta que llego a la puerta que da al sector de los empleados. Antes de salir, vuelvo la cabeza. Sus ojos siguen fijos en mí y me regala una gran sonrisa. Mierda.

Capítulo 6: Jake

En el instante en que Natalia cierra la puerta empiezo a contar los segundos hasta volverla a ver. Tamara se marcha en la mañana y aún así no me parece lo suficientemente pronto. Me maldigo a mí mismo por haber caído en el hechizo que Natalia ha echado sobre mí. ¿Desde cuándo dejo yo que una mujer me invada la mente? Sé que la solución es simplemente no pensar en ella, pero la idea de un próximo encuentro me acelera con cada segundo que pasa. Para peor, a partir de mañana seré libre para hacer lo que me de la gana sin las pesadeces de mi trabajo.

Natalia dijo que está comprometida y no puedo esquivar la puñalada de rabia que me coge por sorpresa. Me acosa el impulso de saber quién demonios es ese gilipollas con quien compito. ¿Con quien compites? Qué coño dices, Jake. No seas imbécil. Claro. Primero tengo que asegurarme de que ella esté dispuesta. Bien. No tengo compromisos de trabajo en las próximas dos semanas y… Me cago en mí. Parezco un acosador. Pero ya sé que si le doy la espalda a lo que sea que me atrae a Natalia, voy a quedar preguntándome qué coño fue. Tengo que saberlo. Aunque implique romper las reglas. Necesito recuperar la paz mental de estar en control. Nada más. Ni hablar de entrar en una relación romántica. Eso no me interesa en absoluto. Lo único que necesito es que mi cerebro deje de imaginar el cuerpo desnudo de Natalia aferrándose contra el mío.

En mi habitación Tamara se desnuda y se mete en la cama. Mi polla normalmente se despertaría ante la imagen de su cuerpo esculpido, pero en lo único que pienso en este momento es en cuanto desearía que ya se hubiera marchado. Joder, Jake. Qué coño te pasa, tío. Ella me sonríe divertida.

–¿Como te fue con tu ejercicio? Espero que no estés demasiado cansado. –Su sonrisa se amplía y no puedo evitar el desgano que me invade. Sólo una noche más. Me cago en mi mente rebelde. Le sonrío, mirándola sugestivamente.

–Cariño, si alguna vez estoy demasiado cansado para ti, tienes mi permiso para pegarme por idiota. –Sonrío y ella echa la cabeza hacia atrás, riéndose.

–Ven aquí, –susurra, extendiendo la mano.

Me deshago de la toalla y el bañador y me meto en la cama, peleando contra el humor de perros que traigo. Déjate ya de gilipolleces, Jake.

La suerte está de mi lado. Tamara confiesa que bebió demasiado con su amiga. Le hago el amor con los ojos cerrados y dudo que le importe. No le toma mucho correrse y me siento aliviado. Se desliza sobre mí y se duerme inmediatamente, sin darse cuenta de que no me corrí. Normalmente esto me molestaría, pero esta noche me importa un coño porque mis pensamientos se quedaron con esa chica de pelo azabache que no deja en paz a mi mente.

A la mañana siguiente follamos en la ducha antes de que Tamara se marche. Ni siquiera intento ocultarme a mí mismo en quién pensaba mientras me hundía en ella hasta que se desplomó exhausta en mis brazos. No estuvo nada mal para empezar el día. Pero también hizo que mis ansias de encontrar a Natalia se volvieran casi insoportables. Me da placer y a la vez rabia.

–La habitación está paga hasta mañana, –Tamara susurra; sus brazos cuelgan de mi cuello mientras me da un último beso de despedida en la entrada del hotel. –Pensé que te gustaría tener un día más de descanso antes de regresar.

–Gracias, linda. Eres muy generosa. –Le sonrío y vuelvo a besarla.

–¿Vas a estar en Santa Mónica en las dos semanas que vienen? Quizá podamos planear otro fin de semana juntos. –Sus ojos azules me estudian. Contemplo la posibilidad por un momento, pero sigo mi instinto y le miento. Se está poniendo un poco empalagosa.

–No, cariño. No voy a estar en casa. –No le explico nada más. Ella conoce muy bien los límites. Nunca hablo de mis horarios ni de mi vida personal con mis clientas. Un dolor fugaz atraviesa su mirada, pero no me doy por aludido.

–Bueno, nos vemos pronto, entonces. –Sonríe. Le doy un último beso y luego se sube al taxi que la llevará al aeropuerto.

–Adiós, Jake.

La veo alejarse en el coche, y me vuelvo hacia el hotel.

Empieza el juego.

Camino con paso ágil hacia el lobby; mis ojos barren la superficie del bar al pasar. Sé que aún no está allí. Sus turnos son por las noches. Me siento un cretino, pero sólo me queda un día para darle paz a mi mente y cerciorarme de que Natalia no es diferente a las otras mujeres que conocí. Manipuladoras y mentirosas. Pero tengo que asegurarme. Y se me está acabando el tiempo.

¿Quién dijo?

Mmm. La verdad es que no tengo que regresar a casa todavía. Las próximas dos semanas las tengo libres. Me paro en la entrada al bar. Reconozco al barman del juego de anoche… Julián, creo. Él y un ayudante están preparando todo para el turno del almuerzo. Levanta la vista y me saluda asintiendo una vez. Lo saludo con el mismo gesto y escaneo el lugar de punta a punta, pero no hay señal de Natalia. Quizá sea su día libre. Coño. Me siento un imbécil, obsesionándome con una chica que apenas conozco. Recordándome a mí mismo que tiene un maldito prometido, sacudo la cabeza y me apuro hacia mi habitación. Me visto rápido para ir a esquiar y deshacerme de los pensamientos irracionales que me azotan el cuerpo y la mente.

En la cima, la montaña está inmersa en un silencio absoluto. La niebla es tan pesada que ni siquiera puedo ver las puntas de mis esquíes. Aseguro mis gafas y me empujo en bajada a toda velocidad. Esto era exactamente lo que necesitaba; sentir el calor quemándome los músculos. La euforia que viene cuando esquías a una velocidad ciega.

La nieve es una mierda. Vuelo sobre el hielo en una pista de doble diamante y casi pierdo el equilibrio cuando mi esquí engancha un borde. Una rama filosa me roza la frente con una punzada. De un salto salgo de la pista y aterrizo en una nube de polvo. Flotar en esa nieve virgen hace que mi mañana de mierda haya valido la pena y por las dos horas que siguen mi mente se ocupa sólo en la ruta de bajada.

Cuando llego a la base, ya no puedo mover ni un músculo. He logrado deshacerme de hasta la última gota de tensión. Le entrego las botas y los esquís al valet, ansioso por comer y darme una ducha. El chico me mira un poco preocupado y dice que estoy sangrando. Me toma varios segundos percatarme de que se refiere al rasguño que llevo en la frente. Me limpio la sangre semi seca con un pañuelo que encuentro en el bolsillo.

En mi habitación, abro la laptop y reviso los emails mientras espero que me traigan la comida que pedí. Hace ya casi una semana que le envié las modificaciones de los planes para la tienda de surf al contratista, pero aún no recibo respuesta. Necesitamos que se aprueben todos los permisos para poder cerrar el negocio en el lote de Cardiff Beach, en San Diego. Le disparo otro email rápido, resaltándole que estamos presionados por el tiempo y que necesito una respuesta en las próximas 24 horas. Más vale que se ocupe si quiere el trabajo.

Cuando llega la comida estoy hambriento. La devoro de un plumazo y me doy una ducha. Libre de toda la tensión de esta mañana, me paro frente al inmenso ventanal, mirando la niebla desaparecer de a poco. Qué coño estoy haciendo aquí… debería marcharme mañana y usar el tiempo libre que tengo para buscar un lugar para vivir en San Diego. Si todo va bien y abro la tienda de surf, ir y venir desde Santa Mónica sería ridículo. Pienso en mi padre. Le hubiera gustado verme construir algo propio. Ahogo ese pensamiento.

Sacudiéndome el absurdo impulso de quedarme aquí más tiempo, empaco rápidamente y me preparo para marcharme en la mañana. Sin nada más que hacer para matar el tiempo, me cambio para ir a nadar y relajarme en el jacuzzi. Natalia seguramente está trabajando o en su día libre, y es poco probable que nos encontremos.

Nado varios largos en paz. La niebla ahuyentó a los pocos nadadores habituales que me encuentro aquí y estoy solo. La fatiga del día intenso de esquí me tira de los músculos y decido marcharme. Salgo de la piscina de un salto y me hundo en el calor del jacuzzi, dejando que mi cuerpo se relaje.


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